Mamá se va a la cama… también

Mamá se va a la cama… también

Mamá se va la cama… también, porque todos hemos colaborado en las tareas del hogar, porque hemos repartido obligaciones y responsabilidades y eso es ser una familia.

Mamá se va a la cama… también

Y los hijos llegaron

Cuentan que cuando la joven pareja se enteró de que iban a dejar de ser una familia de dos decidieron sentarse con la intención de diseñar el entrenamiento que sus futuros cachorros habrían de seguir como iniciación a la vida. Nunca habían sido padres antes, pero su intuición les decía que la clave del éxito estaba en la educación.

Dicen también que eran tiempos muy difíciles y que la cosa no estaba bien para nadie. Ambos debían encontrar trabajo y Papá sabía que no hubiera sido justo cargar con más responsabilidades a Mamá; así que, desde el principio y a pesar de haber crecido en una sociedad muy machista y en constante crisis de valores, se dedicó a hacer lo que tocaba. Ella también tenía todo esto bastante claro.

Dos hijos llegaron temprano inundando el hogar de gran algarabía. Celebrados y muy queridos colmaron de expectativas a los noveles padres, quiénes por sus hijos decidieron ser valientes y exigirle a la vida aquellas cosas que querían para sí y para los suyos. A pesar de la gran humildad de aquel hogar a ellos nunca les faltó de nada y, así, su infancia transcurrió feliz.

Colaborando todo resulta más fácil

Cuando tenían ocho o nueve años no eran pocas las veces que uno u otro iban en busca del auxilio de Mamá o de Papá. Pero no eran menos las que la ayuda no llegaba de la forma esperada: ¿Mamá me ayudas a hacer esto? Es que no me sale. ¿Estás completamente seguro de que no puedes hacerlo tú solo? Ésa era casi siempre la respuesta, empujándoles a ser creativos y constantes, pero sobre todo independientes.

Aproximadamente también a esa edad se les invitó a participar activamente de las tareas de casa. No costó demasiado pues ya contaban con el ejemplo y la complicidad de Mamá y Papá. Fregar los cacharros, limpiar el polvo, hacer las camas de todos, barrer y fregar el suelo, hacerse cargo de los otros hermanos animales… Todo un seguido de tareas que toda persona debe aprender a desempeñar a fin de no depender ni tampoco suponer una carga para nadie en el futuro.

Familia, deporte, manualidades, salidas al campo y la montaña, jugar en la calle o el parque con otros niños… fueron otras de esas actividades y entornos que los jefes de la manada nunca negaron a sus hijos, pues les obligaban a exponerse y a conocer el mundo, aquél en el que un día tendrían que valerse por ellos mismos.

A los catorce, los ya no tan pequeños, querían aprender a hacer su propia comida, coser los botones caídos, planchar sus camisetas o lavar sus cosas. No hacerlo suponía cargar a Mamá con unas tareas y exigencias tan injustas como innecesarias. A fin de cuentas ella ya les había obsequiado con un par de buenas manos a cada uno que podían utilizar en su propio beneficio.

No todo fue un camino de rosas. Pero finalmente, incluso tras las torpezas de unos y otros, terminó por imperar en aquella casa la disciplina del cariño; la misma que emplea aquél jardinero sabio que sabe cómo dirigir con ternura, paciencia y mucho amor el crecimiento de una flor, sin forzarla, sin negarle la brisa fresca o un rayo de sol y sin obstaculizar nunca su particular esencia.

En aquel hogar donde no falten abrazos, buenos libros, juegos y risas, palabras de ánimo, buena música, animales, naturaleza, amor que compartir y buenos ejemplos… todo terminará por salir bien. Pues todo lo demás no está, ni estuvo nunca, en nuestras manos.

Si Mamá y Papá no quieren que todo el peso recaiga sobre los hombros de uno u otro y si tampoco es su deseo criar a futuras personas inseguras y dependientes deben educar desde la responsabilidad del ejemplo, el compromiso y la igualdad. Educar así es educar para la Libertad.

Mamá se va la cama… también

En muchos hogares cuando mamá es la última que se va a la cama pues antes de hacerlo tiene muchas cosas que hacer, muchas tareas que otros no han hecho recaen sobre ella cargándola de un trabajo excesivo.

Si queremos que esto sea diferente tenemos que tener claro que la Educación es la clave de todo proceso y es fundamental para conseguir que algunas situaciones cambien. Nuestra naturaleza no es más que una hoja en blanco en la que puede ser grabada cualquier directriz. Las personas machistas, homófonas, racistas, xenófobas, violentas… son víctimas de una educación y un condicionamiento muy concretos, preestablecidos por una sociedad carente de naturalidad y empatía. No hay duda que necesitamos otro tipo de valores y es urgente buscar cómo inculcarlos apropiadamente.

La Vida no hace distinción alguna, no entiende de géneros o tendencias, no sigamos imponiéndonos barreras a lo tonto. Por el bien de nuestros hijos, por el nuestro propio y por el del conjunto que formamos y del entorno en el que nos desenvolvemos y del que tanto dependemos:

– en lugar de sólo pedir… enseñemos a dar y a preocuparnos por los demás.
– en lugar de desvivirnos desmedidamente… ofrezcamos la oportunidad de que se pongan a prueba.
– en lugar de ofrecer muchas cosas… enseñemos a necesitar poco.
– en lugar de hacer por ellos… enseñemos a hacer las cosas.
– en lugar de censurar… celebremos el fallo como camino imprescindible para llegar al acierto, incluso los nuestros.
– en lugar de exigirles… demos buen ejemplo de todas aquellas cosas que tanto bien podrían hacer en nuestros queridos hijos.
– en lugar de inculcar dogmas… enseñemos a ser críticos, adaptables y reflexivos.

Si conseguimos que estos cambios sean efectivos por la noche cuando sea hora de ir a dormir, de ir a la cama podremos decir: mamá se va a la cama… también.



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Mamá se va a la cama
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Abel García Arcas
Téc. Sup. en Actividades Físico Deportivas, Contramestre de Capoeira y Experto en Artes Marciales, Profesor de Acrobacias y Habilidades Sociales, Actor y Bailarín, Autor e Investigador de la Comunicación Emocional.